Mi padre ha fallecido esta noche.

Creo que habrá sido uno de los momentos más felices de su vida. Es extraño, desde que tengo uso de razón, se estaba muriendo: “de los 50 no paso”, “de los 55 no paso”, de los 60, 65, 70, 75… estaba cerca de los 85 ya. La verdad es que a estas alturas, ya estaba enfermo de todo: del corazón, tensión altísima (eso le acompañó toda la vida), del estómago, ácido úrico, los riñones, había tenido ataques cerebrales y en los últimos tiempos el neurólogo sospechaba que tenía microembolias frecuentes. No me extraña, ese automensaje negativo constante hizo mella.

Él sabía disfrutar de los momentos felices, así que este, irse tranquilamente durmiendo, habrá sido perfecto para él, siempre dijo que era la mejor manera de morir, en su propia cama. Y es que mi padre siempre tenía la muerte muy presente, y pese a eso, nunca cumplió sus sueños. Le preocupaba más el qué dirán, lo que opinaran los demás, no endeudarse y dejarnos a mi hermana y a mi “bien situadas” y con unos buenos ahorros “por si acaso”.

Nunca se compró la casa en el campo con la que siempre soñó, ni hizo los viajes que le hubieran gustado por no gastarse lo que para él era de mi hermana y mío.  Creo que aprovechaba tan bien los momentos felices porque eran su pequeño tesoro, ya que sacrificó sus sueños en pos de algo más importante, según su escala de valores.

Era muy estricto, al menos conmigo. Mi hermana le pilló mucho más mayor y no fue igual (tenía 65 años cuando ella nació, nos llevamos 12). Ese estar pendiente de la opinión ajena, ese concepto “antiguo” de la vida, bastante machista por otro lado, hicieron que nuestra relación durante la adolescencia y juventud fuera muy mala: largos periodos de tiempo sin hablarnos, y sin vernos (con 21 años me fui de casa por “no aguantarle más”, tal cual).

Últimamente habíamos encontrado un equilibrio, nuestra particular “entente cordiale”. Los niños siempre le encantaron, y los míos, sobre todo Marcos, por ser mayor, me hicieron recordar al padre alegre, jovial y juguetón que yo había disfrutado. La maternidad me ha enseñado a no juzgar, y a aceptar que los padres hacemos lo que creemos mejor para nuestros hijos siempre, así que llegué a hacer las paces con nuestra relación.

La última vez que le vi, ya no estaba bien. Antes siempre había tenido achaques, enfermedades varias, y mil pastillas que tomar a todas horas (y su cantinela de “a ver si me muero ya que esto no es vida”). Pero estaba lúcido. Esta última vez, se desorientaba, nos confundía a mi hermana y a mi, no reconocía a mi madre, no tenía muy claro quiénes eran esos dos niños que andaban por el salón, ni cuál de los tres era mío o de mi hermana.

Estas últimas semanas mi madre me contaba que estaba mucho peor, que ya no la reconocía salvo algunos momentos al final del día, que decía que le tenían encerrado en casa y no le dejaban salir, que le estaban robando… Siempre dijo que él no quería vivir con la cabeza ida ni conectado a ninguna máquina, así que doy gracias porque no haya sido así, y se haya ido tranquilamente.

Gracias papá, por cuidarme por las noches cuando estaba enferma. Por las fantásticas mañanas de Reyes. Por cantar el día de mi boda (y matarme de la vergüenza). Por contarle historias surrealistas a Marcos. Por enseñarme que puedo y merezco ser lo que yo quiera (aunque sé que tú te referías a que fuera médico), y que nadie vale más que yo, ni menos. Espero que encuentres la paz allá donde estés, y la felicidad que merecías y que no te permitiste disfrutar.

Cuando Marcos conoció a su abuelo

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contacto

Elena López

Asesora,

consultora y

formadora de Porteo

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